Discernimiento-Marko-Rupnik.docx

(271 KB) Pobierz

DISCERNIMIENTO

Marko Rupnik

PRÓLOGO

Ya desde hace unos años se está volviendo a ha­blar de discernimiento, que en último término es el arte de conocer a Cristo y de reconocerlo como nuestro Señor y Salvador. La Iglesia por sí misma, con su tradición y el magisterio de sus pastores, ha trazado este discernimiento a través del espacio y del tiempo para las comunidades ecle- siales en su globalidad. Es ésta una primera acep­ción en la que podemos entender el discerni­miento. Puesto que esto vale para la Iglesia en su integridad, para cada comunidad eclesial y para la vida individual de cada persona con su propia concreción, resulta que se puede hablar del dis­cernimiento de muchos modos. Hay un discerni­miento de tiene como objeto los espíritus. «Dis­cernid los espíritus», dice el Apóstol (cfr. I Cor 12,io). Existe un discernimiento de las mociones interiores, de los pensamientos y los sentimientos. Existe el discernimiento vocacional, de los estados de vida... Existe un discernimiento individual y uno comunitario, y también un discernimiento más centrado en los aspectos morales[1].

Este libro afronta el discernimiento como el arte de la comunicación y comprensión recíproca entre Dios y el hombre, y, desde este punto de vista, trata de desentrañar sus dinámicas. Partien­do de esta aproximación fundamental al fenóme­no del discernimiento, todas las acepciones men­cionadas quedan tratadas de modo transversal.

En esta clave -el discernimiento como comuni­cación entre Dios y el hombre- se deben respetar dos fases en el camino. Existe una primera etapa de pu­rificación, que lleva a un auténtico conocimiento de sí mismo en Dios y de Dios en la propia histo­ria, y una segunda etapa en la cual el discernimiento se vuelve un hábito.

A causa de las diferentes dinámicas de cada una de las etapas, el texto se divide en dos partes. En la primera parte se tratará la etapa primera, siguien­do los siguientes pasos: el primer capítulo ofrece los referentes teológicos que encuadran el discerni­miento (cuál concepto de Dios y del hombre da ra­zón del hecho de que estos dos sujetos puedan co­municarse y comprenderse recíprocamente en el amor y la libertad), el segundo capítulo explica en qué consiste el discernimiento, y como final, el ter­cer capítulo introduce a las dinámicas de la prime­ra fase del discernimiento.

En la segunda parte se afronta cómo permanecer unido a Cristo, cómo no despilfarrar la salvación a la que se ha llegado. Se trata del discernimiento como arte de seguir a Cristo, tanto en las grandes op­ciones de vida y de trabajo como en las pequeñas, co­tidianas. Cuanto más se progresa en la vida espiri­tual más se camuflan las tentaciones. Por eso, el dis­cernimiento del seguimiento de Jesús consiste en gran parte en desenmascarar las ilusiones y en orien­tarse hacia el realismo y la objetividad de Cristo, nuestro Señor y Salvador, Mesías pascual que vive en la Iglesia y en la historia. El discernimiento lle­va a una madurez eclesial y a una fidelidad probada.

Por eso, la segunda parte empieza con un capí­tulo dedicado al principio y fundamento teológi­co de cómo permanecer en Cristo. El capítulo si­guiente está dedicado a las tentaciones que el cris­tiano experimenta en su camino tras el Señor. Se describen las ilusiones y los mecanismos princi­pales del tentador y el modo como los padres es­pirituales desenmascaraban esos engaños. Después viene un capítulo dedicado a la comprobación de nuestra adhesión real a Cristo, en la que no hay espacio para las ilusiones y los engaños. Y como el discernimiento no es una técnica para resolver los problemas de la vida espiritual sino una realidad situada en la relación entre el hombre y Dios -por tanto, en el espacio del amor-, es necesario ini­ciarse y dar los primeros pasos en el ejercicio del discernimiento. Se explican aquí las circunstancias más adecuadas y los modos más apropiados para em­pezar en el arte del discernimiento y se concluye con dos de los elementos más significativos de esta segunda fase, que son el discernimiento de la vo­cación y el discernimiento comunitario. De todo ello se deduce que el verdadero discernimiento es una actitud constante. A lo largo de todo el tex­to, casi paralelamente a cada título, se dan refe­rencias - pr el e re nte m e nte de Ignacio de Loyola y de autores de la Filocalia- que constituyen, junto al estudio y a los años de praxis pastoral, el ámbito de maduración de las reflexiones que siguen[2].

Debe quedar claro que, a pesar de que sea im­portante conocer los textos sobre este tema, el dis­cernimiento es, sobre todo, algo a lo que uno debe iniciarse, algo que requiere una aproximación experiencial-racional. Por tanto, este pequeño li­bro no exime de aprender el discernimiento con un maestro espiritual, en el esfuerzo de un cami­no que pretende, paso a paso, ser cada vez más con­forme al Señor.

13

 


• I PARTE Hacia el gusto de Dios


¿DÓNDE SE COLOCA EL DISCERNIMIENTO?

¿Existe una relación real entre Dios y el hom­bre? Si existe, ¿en qué consiste? ¿Posee una ob­jetividad propia? ¿Pueden Dios y el hombre co­municarse y comprenderse en verdad? ¿Qué len­guaje usan Dios y el hombre en su comunicación: unívoco, analógico, dialéctico? ¿Dios manda y el hombre se limita a obedecer y ejecutar? ¿O más bien el hombre piensa qué complace más a Dios a partir de los mandamientos y lo realiza? ¿Exis­te un espacio de autonomía para el hombre den­tro del gran plan de Dios?

Los maestros de la vida espiritual no estarían de acuerdo con la forma de formular la cuestión que está por debajo de estos interrogantes. Para ellos, estas dos realidades no se pueden tratar como si estuvieran divididas. La relación entre Dios y el hombre se cumple en el Espíritu San­to, la Persona divina que hace al hombre partí­cipe del amor del Padre en el Hijo[3]. Esta parti­cipación, es decir, la presencia del amor divino en el hombre, hace posible el acceso a Dios y al hombre, creado en este amor. Es más: tal inha- bitación divina en nosotros hace que Dios no sea ya externo a nuestra realidad humana, sino que llegue a ser -como dice Pavel Evdokimov- un factor interno de nuestra naturaleza[4].

Entre la persona humana y su Señor existe por tanto una comunicación verdadera que, para tener la garantía de la libertad, se sirve de los pensa­mientos y sentimientos del hombre. Los Padres han optado normalmente por el lenguaje simbó­lico, considerando que el símbolo es el lenguaje en el que la comunicación humano-divina se realiza más auténticamente[5]. Para ellos el discernimiento es oración, un arte propio y verdadero de la vida en el Espíritu. El discernimiento forma parte de la relación vital entre el hombre y Dios; es más: es precisamente un espacio en el cual el hombre experimenta la relación con Dios como experien­cia de libertad, incluso como posibilidad de cre­arse a sí mismo. En el discernimiento, el hombre experimenta su identidad como creador de la pro­pia persona. En este sentido, es el arte en el cual el hombre se abre a sí mismo en la creatividad de la historia y crea la historia creándose a sí mismo.

El discernimiento es, por tanto, una realidad relacional, como lo es la fe misma. La fe cristia­na es, en efecto, una realidad relacional, porque el Dios que se revela se comunica como amor y el amor presupone el reconocimiento de un «tú»[6]. Dios es amor porque es comunicación absoluta, eterna relacionalidad, sea en el acto primordial del amor recíproco de las tres Personas divinas o en la creación. Por eso la experiencia de la libre relación que el hombre experimenta en el discer­nimiento no es nunca sólo la relación hombre- Dios, sino que incluye la relación hombre-hom­bre y, además, la relación hombre-creación, des­de el momento en que entrar en una relación auténtica con Dios significa entrar en aquella óp­tica de amor que es una relación vivificante con todo lo que existe. Hacer propia esta visión significa captar la infraestructura de hilos que conectan y unen entre sí a todos los elementos de la creación y hacen emerger la comunión de todo lo que exis­te en el Ser. Desde el momento en que estos hilos indican la misma realidad de lo divino, su pre­sencia en las cosas, los objetos y los productos hu­manos les dotan de un nuevo significado, a través del cual cada cosa y cada acción pueden asumir un significado más profundo. Así, se nos ofrece una visión esencialmente sacramental del mundo, en la que, a través de las cosas, se puede acceder a su verdad5. El discernimiento es, entonces, el arte de autocomprenderse teniendo en cuenta esta estruc­tura coherente, de lo global, verse a uno mismo en la unidad porque se ve con los ojos de Dios, que ven la unidad de la vida.

Comprenderse con Dios

Creemos en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Un Dios ideal, un Dios-concepto no tendría para nosotros, cristianos, un peso indiscutible y abso­luto. Nosotros los cristianos lo somos porque la re­velación nos comunica un Dios-Trinidad, al cual nos dirigimos como a tres Personas. Invocando cada Persona invocamos a Dios todo, puesto que cada Persona existe en una relación de unidad in­disoluble y total con las otras dos. Cuando afir­mamos la fe en Dios Padre, decimos al mismo tiempo nuestra fe en el Espíritu y el Hijo. Lo mis­mo vale para cada una de las Personas divinas: la referencia a una de ellas implica automáticamen­te su comunión trinitaria, en referencia a las otras dos Personas. En este sentido, el primer artículo del Credo, Creo en un solo Dios Padre, es de importancia capital. Afirmar sin más la fe en Dios es ambiguo, porque ésta es una afirmación abierta a cualquier tipo de interpretación, comprensión e incluso ido­latría (desde las ideas y conceptos hasta las estatuas y ritos, de lo más abstracto a las realidades más sensuales). Sin embargo, creer en Dios Padre sig­nifica que Dios es una concreción más allá de toda posible manipulación, porque «Padre» significa una persona, y la persona nunca es un concepto, sino una realidad, una concreción[7]. Decir «Pa­dre» significa indicar un rostro, y el rostro - aun­que nunca visto- es siempre concreto y designa una realidad personal, precisa, objetiva en sí mis­ma. Diciendo «Padre» decimos la concreción de Dios en las tres Personas, así como la concreción de su relación. Sin embargo, decir «Creo en Dios Padre» significa también afirmar la propia iden­tidad, desvelar el propio rostro, porque quien pro­nuncia la palabra «Padre» se declara hijo y des­cubre una filiación precisamente en virtud de la re­velación de Dios como Padre[8].

El artículo de fe «Creo en un solo Dios Pa­dre» explícita la relación que existe entre el hom­bre y Dios, que es precisamente la de filiación. La fe es, por tanto, una relación filial. Esto sig­nifica entonces que no se puede abordar la cues­tión de la fe con principios o terminología abs­tractos.

El amor como concreción de relaciones libres

La persona de Dios en la que creemos, la que contemplamos y adoramos en la unidad del Dios tripersonal, se revela como concreción de rela­ciones libres y de comunicación. El Dios Tri­personal es, ante todo, revelación de sí mismo en cuanto ausencia de necesidad. En Dios, cada per­sona subsiste en un amor absolutamente libre, más allá de cualquier ley de necesidad. Guando Juan dice que Dios es amor, afirma que Dios es libre y que el amor es adhesión libre, relaciona- lidad libre. Si no hay una relación libre, no se puede hablar de amor, sino de otra realidad. En Dios hay un amor libre no sólo entre las tres Personas, sino de cada Persona hacia la natura­leza divina que cada una de ellas posee entera­mente[9]. La relacionalidad libre en Dios se debe comprender por tanto en modo interpersonal: cada Persona divina posee la naturaleza de Dios dándole una impronta totalmente personal -pro- pia del Padre o del Hijo o del Espíritu Santo-, de modo que su realización incluye también la na­turaleza que todas las Personas poseen completa­mente, cada una a su modo. Se trata, por tanto, de una relación compleja, pero completamente libre, de una adhesión tan libre que Juan puede afirmar: «Dios es amor».

La relación de Dios en sus Personas santísi­mas es una comunicación no sólo en el sentido de que las Personas se comunican entre sí, sino sobre todo en el sentido de que se comunican en el amor recíproco, dándose a sí mismas en el amor. Esta comunicación intradivina no está se­parada de la comunicación de Dios para con su creación. Dios no sólo comunica con su crea­ción -y sobre todo con el hombre, persona cre- ada- sino que se comunica con su creación. Sólo gra­cias a que Dios es amor nosotros podemos llegar al conocimiento de Dios, porque el amor signi­fica relación, comunicación, comunicarse9. Nues­tro conocimiento de Dios no es, por tanto, un conocimiento teórico, abstracto, sino un conoci­miento comunicativo, es decir, una conciencia dentro de la cual acontece la comunicación. Dios se comunica de modo personal en su relación libre con nosotros, los...

Zgłoś jeśli naruszono regulamin